¿HASTA DÓNDE LA INFIDELIDAD ES UNA EXPRESIÓN HUMANA?

Por: Dra. Lucía Náder Mora -Psicóloga y Sexóloga Clínica

Cuando se aborda el tema de pareja, sus expresiones afectivas, sus interacciones y sus conflictos, no podemos dejar de lado un hecho frecuente y más común de lo deseado en la vida de dos seres humanos, que comparten el lecho y el techo, como es la atracción, o el enamoramiento hacia otra u otras personas diferentes a aquella con la cual se tiene un vinculo y un compromiso tanto amoroso como erótico permanente.

Son muchas las regulaciones históricas tejidas alrededor de la situación extramatrimonial. Estas son de orden religioso, cultural y legal. En todas las civilizaciones reguladas por un sistema patriarcal, en las que el hombre legislaba y controlaba la conducta de la mujer para proteger su honor; reivindicaba la ofensa con severos castigos a los involucrados en el delito.

En la medida en que la mujer se convierte en un ser capaz de controlar su mundo procreativo de manera libre y responsable, y asume el control de su cuerpo, la conducta extramatrimonial toma diferentes formas valorativas ya sea que las ejerza un hombre o una mujer. En el caso de las pareja que viven en matrimonio o en una sociedad conyugal de hecho, la ley la considera causal de separación o divorcio en la medida en que se reconoce la igualdad de derechos para los diferentes sexos.

Cuando se enfrenta el juzgamiento social, se tiende a ser más benovolente con el hombre; casi se podría decir que en nuestra cultura se estimula o refuerza con expresiones como un gracioso “por fuerazo”; por el contrario cuando se trata de una mujer, los términos de “perra, sinvergüenza, mala mujer etc”, son censura y castigo para la que se permite tal conducta. Si establecemos una comparación entre personas de diferentes generaciones, encontramos grandes diferencias aunque no significativos cambios. La diferencia está en la dimensión del castigo y en la responsabilidad que se le atribuye a unos y otras.

Aún entre los profesionales de la conducta encontramos posturas valorativas que tienden a explicar las relaciones extraparejas como un síntoma de conflicto esencial en la relación, o como una conducta que debe librar una gran batalla contra la tentación de sentirse atraído por otra persona. Vivimos en una sociedad que de manera oficial y legal se define como “monogámica, exclusivista y fiel” y extra oficialmente poligámica. Una pregunta obligada ¿por qué la gente, a pesar de su deseo de fidelidad fracasa en su postura monogámica?. Independiente de si son culposas, conflictivas, libertarias o descaradas.

Las respuestas apuntan más a explicar los tipos de infidelidad y la gravedad de los mismo, que a entender esta como una conducta propia de la naturaleza humana que se expresa en forma variada y creativa. Es saludable recordar que lo que define una relación de pareja es el gusto del uno por el otro, el amor solidario que reafirma ese vínculo y el deseo de construir cada día la relación. Cuando un otro/a entra a triangular la pareja, con un peso emocional similar, en ese momento el propósito del proyecto de vida empieza a tambalear, en la medida en que hay ausencia de peso afectivo que fortalezca la unión matrimonial o de convivencia parcial o temporal.

Para muchos/as su estructura afectiva puede circular por un solo canal, para estas personas es sencillo mantener una relación de a dos, sin ninguna interferencia; para otros/as, el erotismo desbordante los puede llevar a tener relaciones ocasionales que se hacen a favor de si mismos y no en contra de nadie, es una manera de liberar tensiones acumuladas. Las relaciones ocasionales tiene un tiempo y un modo y no representan compromisos emocionales.

 

Diferente cuando hablamos de personas que tienen un grado muy alto de compromiso con la pareja y la familia y han perdido todos los niveles de erotismo y de gusto por la convivencia. Son personas que le dan gran valor al confort social que produce la estabilidad, así entre ellos solo funcione un tibio afecto y un proyecto de vida familiar. El amor da paso a la rutina y a la obligatoriedad. Son parejas fachadas en donde las emociones no forman parte de su cotidianidad.

Las razones más comunes para las relaciones extrapareja son:

-Sensación de infelicidad por una relación tediosa o difícil. En un porcentaje alto las personas infieles cuentan con una relación de pareja feliz y satisfactoria para ambos.

-La mala comunicación. Muchos se convierten en los más severos jueces y críticos de sus pareja y alejan así la posibilidad de un diálogo satisfactorio. Es posible que la nueva relación se inició con un alentador interlocutor con quien las horas se pasaban volando.

-Las relaciones sexuales deficientes o ausentes y sin consciencia de cambio. La sensación de insatisfacción crea fantasías con amantes apasionados, tiernos/as, especiales. No se resignan, cuando se presenta la oportunidad, que los recuerdos sean cosas del pasado.

-La necesidad de sentirse amados/as y deseados de un modo nuevo.

-La necesidad de proveerse de elementos de elogio y admiración.

-El deseo de libertad y de emprender algo por sí y para sí. Un encuentro en el cual nadie puede opinar, que sea personal y secreto.

-Una oportunidad inesperada a la que se accede sin oponer resistencia. “Una noche de copas, una noche loca”.

-La revancha o venganza por la infidelidad del cónyuge o la simple curiosidad o deseo de experimentar nuevas situaciones.

En nuestra experiencia terapéutica de tantos años, hemos encontrado que existen tantas razones para la conducta de infidelidad como motivaciones personales, nacidas algunas de los modelos o familiares y otras más circunstanciales.

Es evidente que para las personas que asumen una relación extraconyugal, con todos los riesgos que esta conlleva, la recompensa estaría en el disfrute y la posibilidad de mejores perspectivas de vida individual; sin embargo, muchas ligerezas pueden pagarse caro si este tipo de conductas se hacen evidentes para la pareja. Las reacciones son por lo general de mucho dolor, resentimiento, persecuciones detectivescas, escándalos, celos, peleas y mechoneadas con las y los consabidos amantes, ruptura y divorcio, en algunos casos. Estas posiciones inadecuadas terminan por resquebrajar más la armonía conyugal. Este hecho pertenece a la vivencia de la pareja y como tal debe ser manejada y no depende de los acuerdos previos ni de las buenas intenciones.

Para una gran mayoría es plantear la coyuntura necesaria para que la pareja revise la dinámica de su propia relación y evalúe y proponga formas creativas y reales de fortalecer la relación. No se trata de salir corriendo cuando se presenten las oportunidades, se trata de manejar con lógica cuáles serían las consecuencias y poner en una balanza, si unos momentos de placer podrían privarnos de la dicha de compartir espacios con aquella persona que un día representó lo mejor que nos ha podido pasar en la vida.