¡NO MÁS, HASTA AQUÍ! Dedicado a aquellas mujeres, que algún día decidieron separarse...

Tercera entrega


Sé lo que tengo que hacer -se repetía con insistencia, Susana-, con quejarme
no saco nada; ¿si el tipo es tan malo y maltratador qué hago con él?. Entiendo
que no es lo que él hace, sino lo que yo permito. ¿Por qué si me he leído no
se cuantos libros de auto ayuda de autores conocidos y si en terapia he
llegado a entender qué pasa conmigo, por qué no puedo salir de este embrollo
doloroso?. ¿Por qué me dejo pegar, insultar y devaluar de la manera como lo
hago?.
A veces, cuando se inician estas peleas interminables en donde sale a relucir
mi familia y la de él, los secretos compartidos en esos momentos en que
estuvimos bien, pero que se transforman en armas en contra mía, me odio por
pendeja, por darle al otro más motivos para que me hiera. He ido descubriendo
mis miedos: a la soledad, a no poder conseguir marido. Entiendo que toda la
vida vi una mamá apegada a mi papá, un hombre responsable y querido, pero
ausente y enamoradizo.
Cuántas veces en esa primera relación con el padre de mi hija, me sentí sola y
pensaba en las cosas que vivía mi mamá y me veía repitiendo la misma
historia. En este punto ya no se qué es peor: si la soledad de la primera
relación o la agonía de ésta.
En terapia he entendido que todo tiene su momento y que aunque sé que esta
relación no es para mi, eso que llama mi terapeuta mi conciencia, no se ha

preparado para aceptar que él no va a estar. Si por lo menos apareciera otro
hombre en mi vida, yo saldría más fácil de ésta; a veces me miro en el espejo y
pienso cómo me he marchitado y me convenzo de que no va a ser sencillo que
otro hombre se fije en mi.
Reflexiones dolorosas y previas para llegar a entender que la relación no va
más, esto no significa que el paso a la acción sea inmediato, se necesitan
condiciones psicológicas y sociales, para una toma de decisiones que rompa
de manera definitiva el malestar.
En esto el patrón primario juega un papel definitivo. De manera consciente o
inconsciente, la madre trasmite el modelo y la hija lo interioriza y perpetúa,
hasta el día en que el malestar la excede y la facilidad que brinda el ambiente
al ofrecer otros patrones de evolución y emancipación le dan el permiso que
necesita para deshacer y desaprender en parte la obligatoriedad del mandato.
Cada mujer tiene un estilo propio para su partida definitiva de una relación.
Algunas se enamoran de otro. La justificación es que “ese” si les da lo que ellas
necesitan.
Podría no ser afortunado, si entendemos que todos los enamoramientos de
una u otra manera disfrazan lo que necesitamos ver pero no deseamos
confrontarlo, o transforman lo que percibimos, al asignar cualidades en donde
es probable que no las haya. Así, en las épocas iniciales de un noviazgo, un
borracho es un maravilloso ser sociable, alegre y dispuesto; mientras tanto, en
la convivencia se transforma en un ebrio maloliente y roncador. Ellas a su vez
despliegan todas las artes seductoras y les muestran a ellos la cara de la
atención, la dulzura y en algunos casos la decisión y la fortaleza. Al cabo de un

tiempo son agrias y envilecidas mujeres, resentidas y agobiadas por el peso de
enormes responsabilidades y pocas gratificaciones.
La mujer clara y fuerte, esa potra zaina que ha encontrado su chalán, la Mujer
justa descrita por Sandor Marai, de repente es una fiera de la que hay que huir
o distraer con los famosos llamados pararrayos o cenas de madrugada para
poder sobrevivir.
Un porcentaje importante hoy en día, cansadas de tanto malestar deciden
prepararse. Muchas encuentran el camino de la toma de consciencia a través
de procesos terapéuticos de diferentes órdenes y aprenden a resolver las
heridas de la infancia, identifican sus conflictos y se apropian de su existencia y
un buen día dicen adiós a su supuesto agresor o a su fuente de infelicidad.