MEJOR SOLA QUE MAL ACOMPAÑADA. DEDICADO A AQUELLAS MUJERES, QUE UN DÍA DECIDIERON SEPARARSE

“ ¡Ya nadie me encerrará!, Nadie podrá decirme qué hacer o qué no hacer –Seré libre,
dice Sofía. No se había percatado hasta que pensó en las sillas que le hubiera gustado
comprar. Ahora ella misma podría salir y escogerlas…”
Gioconda Belli en Sofía de los presagios.

Primera entrega

Estos términos coloquiales, tan fáciles de expresar y tan difíciles de llevar a la
práctica, son un simple indicador de la necesidad que tiene toda persona de
poder vivir por si sola. Cuando el malestar se apodera de un organismo, éste,
de acuerdo a su estructura psíquica, monta diferentes mecanismos para eludir
la ansiedad que produce una situación en donde no hay aparente escapatoria o
la solución se encuentra por fuera de las posibilidades. Ana Freud, describió
cómo cada ser humano es capaz de transformar situaciones, sentimientos o
deseos que rechaza, en expresiones diferentes, que le permiten eludir la
angustia y a la vez mantener el equilibrio Psicológico.
La mayoría de los mecanismos de defensa funcionan como automatismos
inconscientes y crean un estilo particular de conducta. Además de darle
manejo a la ansiedad, se acomodan para evitar el conflicto, mantener el amor
propio y sentir que se funciona en niveles adecuados, que permiten la
sobrevivencia psíquica. Por lo general, un organismo utiliza más de un
mecanismo de defensa y unos son más evolucionados que otros, dependiendo
de la madurez de esa misma estructura.
En ocasiones nuestro pasado nos persigue; Luisa, una mujer criada por su
padre, abandonada ella y sus hermanos por su madre, quien no resistió los

maltratos del padre y prefirió otra vida, antes que someterse a la tiranía de un
hombre malo con ella y con sus hijos.
De su infancia y adolescencia, sólo tiene en sus recuerdos malos tratos,
golpes, trabajo excesivo, poco estudio, insultos permanentes de: “igual
de putas como su madre”, era la frase predilecta para ella y su hermana
menor. No entendía cómo su mamá se había ido y no se la llevó…
Un día supo en qué ciudad vivía su mamá y a las tres de la mañana aprovechó
que la bestia… -expresión para referirse a su padre-, dormía una borrachera,
tomó dinero del bolsillo de este hombre y unos pocos pesos que fue guardando
y salió de esa casa con sus dos hermanos menores para nunca más
regresar… Eran las siete de la mañana, tenía 13 años, cuando con gritos de
alegría abrazaron a su mamá, una madre débil, no muy cuerda, alterada por
los sufrimientos, las culpas por haberlos dejado, abatida por la miseria. Era
mamá y a pesar de todo los quería y los añoraba.
Estudiaron, trabajaron, ella pudo hacer un bachillerato comercial, quedó
embarazada, fue madre soltera, se trasladó a la capital y en su nuevo trabajo,
después de pasar muchas penurias con el padre de su hijo, que le prometió
esta vida y la otra y quien también la abandonó, conoció a un hombre, con el
que compartió en la absoluta sumisión veintiún años de su vida, le dio dos
hijos, vivió en unión libre por un tiempo y después por los niños, por el estatus
adquirido, consolidaron un matrimonio, tan enfermizo como la unión previa.
Él se fue transformando en un hombre poderoso, un rico comerciante que
parecía el rey Midas: todo lo que tocaba lo trasformaba en oro; y ella en una
absoluta negación, creía que se había ganado la lotería, que “tan de buenas”,
que nadie como él para quererle a su hijo y para darle seguridad y

posibilidades que ella nunca tuvo, a sus otros dos muchachos. Esto era
suficiente para admitir todas las veces que él quisiera, los maltratos físicos,
morales, las descalificaciones para justificar sus amantes permanentes; no
hubo recato para ocultarlas, “Si no le gusta haga lo que quiera” y ella con esos
profundos miedos a ser abandonada, se decía que por lo menos era generoso
y permitía que le ayudara a su familia, en fin, excusas van y vienen. Y cada vez
que el sentimiento de odio aparecía en su conciencia, se castigaba y se
reprochaba porque a los amos, como en el caso de los elfos domésticos, en las
historias de Harry Potter, no se les puede odiar, solo servir a ultranza. Así
desarrolló una actitud solícita y atenta para contrarrestar su odio. Llegó a tales
extremos que lo bañaba, lo vestía, lo perfumaba y con amargura dice, lo
mandaba limpio y arreglado para que se revolcara con las otras.
Esta formación reactiva, como así se llama este mecanismo de defensa, hace
que muchas mujeres que sienten que no pueden liberarse del verdugo utilicen
las argucias de la sumisión y el falso amor para permanecer y por lo menos
obtener algún tipo de reconocimiento, ya que sienten que no tienen derechos.
Un día conoció a alguien especial que la hizo sentir una persona valiosa, que
la estimuló para que hiciera terapia, una amistad des-erotizada y
desinteresada, pero muy firme. Estimulada por el reconocimiento que fue
alcanzando a medida que crecía su círculo de amigas y de amigos, que la
alababan, le reforzaban lo bien que se veía y se conservaba, con apenas 42
años se arriesgó, un poco en broma, tomándose del pelo, a pedir una beca en
un país europeo para estudiar diseño de interiores, Cuál sería su ¡sorpresa!
cuando, a ella “la buena para nada, la bruta, la mantenida” le dieron la beca.

Se sentó con sus hijos, y su marido y sin reproches y sin sacar nada en cara,
con sus represiones guardadas, sin hacer alardes de odios, ni de venganzas,
les informó que se marchaba en ocho días, que ya era poco lo que la
necesitaban y que para eso estaba su padre para que los apoyara en lo que
necesitaran.
El era un buen proveedor y un hombre amable con sus hijos para quienes
quería lo mejor. Los hijos la apoyaron; sabían que era una posibilidad única
para ella. Se sentían felices, orgullosos. Le prometieron visitarla en vacaciones,
viajar con ella. Sin embargo la amaban mucho y eran conscientes de su
sufrimiento, aún la necesitaban como se necesita a todas las mamás, con la
urgencia de la que todo lo puede resolver, la que siempre está dispuesta.
Él, como en muchos de estos casos, empezó a chantajearla con el dinero, ella
tenía ahorros, tenía una beca generosa, y un desamor que no le cabía en el
cuerpo, la mujer valiente que un día a las tres de la mañana abandonó con sus
hermanos a su padre, resucitó.
Se sentía incapaz de enfrentarlo, ¿Qué le iba a decir?. Si, se que soy una
imbécil, neurótica, victima y mártir, bruta para la vida y? “¿Esto qué aportaba?
¿en qué remediaba su situación?. Él ya no era parte de la solución; sólo pudo
mirarlo de frente. En ese momento él supo que no había nada que hacer y
empezó a amarla y a reconocerla como hacen los machos cuando algo o
alguien invade su territorialidad.
Regresó. Parecía un niño pequeño, desposeído de su juguete preferido,
desvalido, lloraba, suplicaba, clamaba, a veces amenazaba y le echaba la
culpa a todo el mundo, pero no inspiró compasión, él le había enseñado que
con lágrimas no se obtiene nada; le trasmitió la dureza y la sensación de ser un

pobre hombre entregado a su propia obra, a recoger lo que sembró y jamás
regó; creyó que las cosas siempre serían igual y que el poder del dinero y el
miedo al abandono o a la incertidumbre económica, perpetuarían lo que
consideraba debía ser.
En ocasiones un discurso común, confrontador pero también muy defensivo es
decirse por ejemplo: qué hago aquí, no soy feliz, esto no era lo que
deseaba para mi vida, etc, se enfrenta con el causante de su desdicha y sus
actitudes o conductas, pueden ser opuestas, contradictorias o ambivalentes,
conciliadoras o agresivas pero no concluyentes.